EL TEATRO VIVE EN “ROTO”

Pedro y Juan, nombres bíblicos si los hay, y un andar rompiéndose contra las paredes del ladrillo de cristal tan necesarias para que el espectador sienta en toda su magnitud cada uno de los estallidos que el texto de Gabriel Guerrero propone o más bien dispara hacia todos los rincones del paralelepípedo llamado mundo al decir de Julio “Gran Cronopio” Cortázar.

La obra no tiene final feliz. Se percibe a poco de transcurrir las primeras escenas.

No es un texto escrito para agradar o complacer. El tema -si bien ha sido tratado en infinidad de oportunidades a través de medios artísticos diversos- pocas veces alcanza a retratar de manera tan brutal como en “ROTO” el horror en la historia de nuestro país.

A veces los pocos recursos son una consecuencia de abordar artísticamente un tema tan poco marquetinero como ya percibirá el lector que trata la obra.

En el caso de ROTO es un vehículo más, diría hasta casi una estrategia para obligar a Adrián Navarro y Fabio Di Tomaso dirigidos por Sergio Abbate y Raúl Kreig que saquen de sí mismos los miedos, el horror, las rupturas que argentinos de una generación anterior experimentaron en su propio pellejo.

Unas pocas luces, las distintas voces y sonidos producidos por los actores que dejan mucho más que el cuerpo en cada función de 50 minutos, tiempo que se desliza de a ratos con liviandad de nube y en otros se estaciona en el más sórdido de los pantanos por los que también pasó nuestra Argentina.

Nada más, tal vez las agallas para zambullirte en la próxima función en alguna sala y dejarte sacudir por esta historia tan real.

El teatro nos brinda oportunidades así. Y al final de cuentas se lo debemos a tanto compatriota que pagó con su vida el delito de pensar distinto.

 

La yapa (le dicen ahora bonus track): Madre e hija pasean por las calles de Ituzaingó cuando vieron el cartel, ahora también llamado banner y les gustó la idea. Los que pudimos estar a la salida del Teatro Ricardo Passano al término de la primera función de ROTO, jamás podremos olvidar sus rostros. Fue su primer contacto con el teatro y quedaron maravilladas y absortas.

En una oportunidad magnífica que me brinda esta profesión pude obtener las primeras impresiones de un puñado de asistentes que si bien no era su primer oportunidad de ver teatro sí resacataron la facilidad de que alguien acerque el teatro de esta calidad a tu ciudad.

Afortunadamente en cada pueblo hay un par de locos que apuestan tan alto.

Por estas cosas es que el teatro está vivo en ROTO.

¡Que viva el Teatro!

(Daniel Galst, para La Voz de Ituzaingó)

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