CONOCIENDO A ROLANDO GOYAUD

P1170600aEl ambiente en el que nos encontramos es acogedor. La mesa y las sillas donde nos sentamos son sólidas y de un tinte marrón oscuro. Me ubico mirando hacia la ventana que da a un patio, observar el verde de ese patio me distiende. Rolando comienza a hablar sin premura. Hilvana cada una de las frases con sumo cuidado, y por momentos parece distraerse, la memoria se queja sin mucho esfuerzo, cuando tengas más años te va a pasar igual, le digo que ya me pasa.

Estamos en el Museo Histórico de Ituzaingó “Clarisse Coulombie de Goyaud”, que convive con la vida diaria de Rolando porque ahí vive con su familia. Me cuenta del Museo, y al principio no se quita los lentes, cuando lo hace y mientras me habla, mira mucho más lejos de la conversación que estamos manteniendo.

Llega un hijo a la casa y me presenta, también llega su señora y nos presenta. Me siento cómodo y lo escucho con atención. Me han invitado a un encuentro de Museos en 9 de Julio, elegí Malvinas como tema para la ponencia, dice rápido. En qué puedo contribuir, pregunto. Ya va, ya voy a llegar me dice para que tenga paciencia.

En un intervalo que se hace entre los titubeos de su memoria y mi espera, le doy el libro que le traje de obsequio, él me entrega uno de los suyos. En La dama del plumero (Premio Municipal Bicentenario de Morón) voy a descubrir a Mamina, voy a disfrutar de una escritura sensible, y voy a comprender también porqué el museo lleva el nombre de Clarisse.

Rolando vuelve a repasar las circunstancias previas que considera necesarias para contarme porqué me ha convocado. Me hablaron muy bien de vos, varias personas, agrega de cuando en cuando. Sonrío. Quiénes, pregunto, y vuelvo a sonreír, no hay una respuesta directa, tampoco me hace falta y como si ya los preámbulos hubieran sido suficientes, con el café que su esposa nos ha acercado humeando sobre la mesa, comienza a contarme sobre Juan Carlos Moreno, un historiador del siglo XX, un hombre que se interesó por las Islas Malvinas, por su historia y por su realidad, un hombre que viajó en varias oportunidades a las islas entre los años treinta y setenta, un hombre que recibió post mórtem el premio Santa Rosa de Ituzaingó, que el Museo que lleva adelante Goyaud año tras año desde los noventa,  entrega a personalidades que han tenido  una trayectoria personal y profesional destacada, pero sobretodo han intervenido de manera altruista y desinteresada, con esfuerzo, dedicación y tesón, en causas que han procurado mejorar y sostener la sociedad en la que vivimos.

Y entonces aparece en la conversación una caja de cartón antigua. Esta caja fue encontrada por Rolando Goyaud hace unos años, en la casa que habitó Moreno cuando vivió en Ituzaingó y que sus descendientes al “vaciarla” de muebles y pertenencias, olvidaron en esa vivienda de la calle Mansilla, una caja plena de testimonios fotográficos y escritos del historiador sobre sus viajes a las Islas Malvinas. Rolando, mientras la acerca dejándola a mi alcance, me observa y parece medir mis reacciones. Levanta su tapa y saca un grupo de fotografías atadas por una banda elástica. Recorro una por una esas fotografías y cada tanto leo la descripción que ha hecho Moreno al dorso de las mismas. Un libro, una partida de nacimiento registra el nombre de una malvinense cuyos padres decidieron anotarla en el Registro Civil de la Argentina, de las fotos y los textos surge un intercambio isleño-continental, que unos años después –habrá guerra con Gran Bretaña- va a resultar impensado. Hechos y novedades de los años sesenta que desconozco, que muchos desconocen.

Rolando me extiende además unas fotocopias de un trabajo en edición, mientras me cuenta lo que ha surgido de la lectura de los papeles encontrados en esa caja, la posición de Gran Bretaña, la de los isleños, la siempre displicente y cuestionable performance de nuestros diferentes gobiernos en aquellos años, y mientras escucho pienso lo que he pasado como ex combatiente en el conflicto de Malvinas cuando estuve bajo bandera en 1982, le digo que a pesar de haber transcurrido treinta años aún no logro desprenderme de cierta emoción que me atraviesa cuando estos temas tocan su recuerdo.

Me gustó conocer a Rolando Goyaud, tomar un café y conversar con él rodeados de objetos y presencias del pasado de Ituzaingó, me gustó la historia de la caja encontrada y ver esas fotos en blanco y negro, me gustó escuchar de Rolando el motivo por el  que me convocó. Estas líneas. Yo leo y escribo ficción, y muchas veces descubro que lo que llamamos historia la supera.  Creo que este es el caso, y cuando gano la calle -está fresco y ha comenzado a anochecer-, pienso que 1982 podría no haber ocurrido. Camino hacia mi casa y mientras voy sorteando las baldosas rotas de las veredas  una agradable pero extraña sensación que no puedo adjetivar, me envuelve.

Ituzaingó, 16 de marzo de 2013

Daniel Fuster

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